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miércoles, 11 de marzo de 2009

Nimo IV

Un rayón para crayar y un nimor para matar.
La vida para acabar y la muerte para bailar.
La risa para talar y las ratas para lavar.


Tomando el rayón con sus delicadas manos, el Nimo dio muerte a su sombra. Extasiado por la fechoría cometida, toma un largo camino de treinta tres años (contando días largos y cortos.) Un día (seguramente uno de los días largos) dentro del trigésimo tercer año, logra percatarse que no podría crayar nunca más. Y eso lo afligió profundamente (costumbre muy propia de los Nimos del Oeste, por lo tanto poco usual en él). Como bien saben los Nimos, es tradición de su raza no crayar sin poseer al menos una sombra propia. Aun más, no recordaba como crayar.
Por esta serie de eventos, debía acabar con su vida. No si antes bailar la macabra el cuarto día después de la cosecha de los Smiros.
El Nimo, hijo del alcalde de la ciudad, había sido educado en la mejor escuela de humoristas. Tan bien aprendió el arte de los gordos, que por cada risotada caían tres abedules. Al parecer uno de ellos golpea su cabeza.

Seis semanas antes, lo encontraban río arriba: Muerto, lleno de ratas y con sombra propia.

martes, 10 de marzo de 2009

Traje



Se acabo la comida de los últimos elefantes. Se miraron desconfiados y tomaron todas sus pertenecías. Unas latas vacías, cigarrillos baratos, ramas comunes y una piedra en forma de humano.
Caminaron tres días más y enterraron sus sueños. Se fumaron los cigarros, olvidaron las latas, comieron de las ramas y se pusieron sus trajes. Olvidaron su vida en Serengueti y se internaron en la ruidosa Dodoma. La roca nunca la olvidaron.
Algunos días se sientan sobre ella.

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